En la luna de Valencia

Mi maestra de primer grado me retó porque había dibujado dos duendes y un pino del alto de un renglón. En un segundo desbarrancó mi concentración y esfuerzo para que se notaran los gorros puntiagudos y los ojos de los personajes. Su figura redonda, con delantal verde agua se abalanzó hacia mi cuaderno y exclamó: “Chiquita, vos vivís en la luna de Valencia, no podés dibujar así.”

Su voz perforó mi oído y fue tan humillante que con el lado blanco de la goma Dos Banderas borré el mundo que había creado, el bosque y los duendes de un renglón de alto; quizás una gota de lágrima término de manchar la hoja rayada, para siempre.

En el recreo, sentada con mis compañeras, yo me preguntaba dónde quedaría la luna de Valencia. ¿Era muy diferente a la luna que veía desde el patio de mi casa? ¿Cuántas personas vivían en la luna de Valencia? ¿Qué era Valencia? ¿Un mundo, un país, una ciudad, una escuela, un club, un circo? ¿Era blanca como la luna que yo conocía? ¿Luna llena, media luna? Nunca le pregunté a mi maestra qué significaba eso.

Quizás es un lugar donde todos miden un renglón de alto y yo, que era tan pequeña en el mundo normal, sería una niña gigante y monstruosa. Quizás en esa luna me dejarían dibujar todo el día.

Así crecí, desde los seis años, creyendo que vivía en la luna de Valencia; hoy, muchos años después, sigo sin saber dónde queda, pero me gusta la idea de vivir en otro lugar con bosques y duendes de gorros puntiagudos y zapatos con pompón.

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Gotas de oscuridad

Los colores se apastelan, la luz se vuelve blanca y los sonidos te llevan a otro lado. I’d like to see you Lord y todas esas plegarias elevan tu alma a un lugar que no conocías, al jardín de Rodin una tarde de primavera.

La verdad única son tus manos suaves, el olor de una torta recién horneada, las palabras de tu madre con perfume a menta. Tus recuerdos son las imágenes que no ves ahora, los paisajes que contemplaste en tu último viaje, los besos que diste a una cara que ya no está.

El negro se vuelve color de a poco, porque de a poco se está yendo el efecto de las gotas que te puso el oftalmólogo para hacerte un fondo de ojo.

Personas que me inspiran

Voy a hablar de personas concretas, con nombre y apellido, de esas que se te cruzan en el camino por alguna razón. Hay algo ¿químico?, ¿físico? que te conecta con ellas o con una parte de ellas. Como es un fenómeno que no pasa todos los días, creo que está bueno prestarle atención y descubrir algún sentido.

Aniko Villalba y su blog Viajando por ahí llenan ratos ociosos con fotos que me hacen volar a lugares que desconozco. Relata experiencias que desearía vivir, muestra una mirada diferente del otro, ese que sale al encuentro cuando uno se anima a buscarlo, una visión inocente –aunque no ingenua– de una realidad que quizás nos estamos perdiendo.

Me crucé con Julieta Bossi hace 2 años en un curso de Comunicación en organizaciones sociales y me impactó su energía y sus saltones ojos verdes. Con el tiempo me enteré que tenía un blog Revolucionar la mirada (tranqui ¿no?), apasionada del surf y de la comunicación. Sus reflexiones me llevan a creer que uno puede ser feliz con lo que hace, disfrutando cada momento al máximo.

“Un beso en la nariz” fue la primera canción que escuché de Adrián Berra y pensé: “Este tipo la tiene clara”; me imaginaba un hombre maduro de 40 y pico, con la vida de maestra.  Unos meses después me topé con una foto de un joven de 30, con rulos alborotados. Sus letras me han acompañado durante horas de trabajo, viajes y mañanas domingueras. Canciones que llevan a pensar que estamos corridos de lo más importante, lo que nos hace humanos.

Sin que ellos lo supieran, revolucionaron un poco mi mundo, con sus palabras me hicieron pensar patas para arriba, viajar por ahí y volar con el viento. Estas personas –entre muchas otras que no nombro– me han llevado a vivir de una manera diferente, a “pensar menos y vivir más”.

Patas para arriba

Homenaje a los 24

Hace exactamente 6 meses cumplí 24 años, y quería hacerle un homenaje a este número que desde niña es mi favorito.
Siempre creí que a esta edad iba a casarme con mi príncipe azul, tener una casa en el campo, una vaca y un jeep. Hoy tengo 24 años, no tengo novio y no creo en príncipes azules, vivo con mis padres, y con suerte puedo mantener vivo un potus en una maceta. ¿Jeep? Mi bici y algún colectivo me llevan a cualquier lado.
Como creo que la vida va más allá de estas cosas, decidí celebrar esta edad. Empecé a pensar cuál era la mejor forma de hacerlo… 24 velitas, demasiado trillado, 24 globos, casi casi también, 24 tortas, no me da el presupuesto… Así que armé una lista con las cosas que más me gustan, con lo que más disfruto hacer.
Escroleá hacia abajo, quizás coincidimos en una o dos. Si coincidimos en las 24, dejame tu teléfono así nos encontramos y nos casamos uno de estos días.

1. El café con leche, con más leche que café
cafe_leche

2. Los colores del atardecer
Atardecer en Salta
3. Viajar

viajar

4. Leer, que es casi como viajar  
Leer es como viajar
5. Tomar mates, en cualquier momento

Mates en la playa
6. Estar con amigas y amigos

amigos

7. Escribir
escribir_8. Sacar fotos (y no subirlas a Facebook)

foto
9. La naturaleza

naturaleza
10. Jugar

jugar

11. Pintar
pintar
12. Reírme

reirme
13. El fernet Branca con Coca-Cola

fernet

14. Las aventuras

aventura
15. Bailar

bailar16. Escuchar música

musica 17. Dormir la siesta

siesta
18. Comer sin gluten

comer_sin_gluten(emm sin gluten)

 19. Andar en bicicleta

Bicicleta en Brujas
20. El arte

arte21. La luna

luna
22. Romper la rutina con algo inesperado

_rutina
23. Cantar

cantar
24. Hacer acrobacia en telatela
Y a vos, ¿qué cosas te hacen feliz?

Mate

Olor a tierra después de la lluvia. A simple verdad. Caliente, pero no tanto. La calabaza baila en círculos de mano en mano. Y vuelve. Tranquila, sin apuro. El estómago se apacigua con la yerba madura y pide otro. Espera y, al rato, vuelve. Sorbo el agua verde, alegría compartida. Encuentro. Dos, tres, cuatro, o más.

El gusto amargo de la primera vez, la niña con cara arrugada: “Papá, ponele azúcar”.

Mate, sólo mate. Sola, por primera vez entre papeles de gótico y románico. Sus estimulantes no me dejan saber más. Ya soy grande.

Dos, tres, cuatro, o más. Yo con vos. Con gusto a casa, con olor a campo.
Dios, ¿una ronda de mate eterna? Quizá.

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