El colibrí francés

El sábado 15 y el domingo 16 de marzo se presentó en Buenos Aires la cantante francesa Zaz, que con su música revitaliza la chanson fusionándola con el gypsy jazz.

Esquina de Niceto Vega y Humboldt, noche calurosa de luna llena; luces amarillas, rojas y azules decoran con su luz tenue una noche sin estrellas. Sobre Humboldt, grupos de amigos, parejas y familias esperan; la fil0c3098da3bc66df93badd89fb8fec6e6a es larga y se pierde al  fondo. “Allez, allons aux VIP” (“¡Vamos, vamos al VIP!”), la voz de una mujer alta y rubia sale de una traffic. El público parece intelectualoide, de filosofía de cuero y zapatos caros, peinados muy chic, pantalones chupines, camisas cuadriculadas y anteojos de armazón grueso.

“Cervezas fríaaaas”, anuncia un vendedor; las latas y botellas suspendidas en el aire dan fe de que el negocio le salió redondo. La avenida Córdoba también está atiborrada de gente que ansía oír en vivo la voz que oyeron tantas veces por Youtube o quizás en un disco comprado recientemente.

Los árboles y chupetes de publicidad acompañan la cola, hasta que, dos cuadras después, en la esquina de Bonpland, están los últimos, un hombre de treinta y pocos y una mujer de cuarenta y pico. “Yo siempre fui por lo derecho, cumpliendo las reglas ¿viste? -comenta el muchacho- y hay gente que va por el otro lado y les va bien, juegan más con la suerte”. Quizá ese lado es el que eligió Zaz para llegar con 33 años a cantar en esta gira por la Argentina, Chile, Uruguay y Brasil.
“La conocimos por Internet –comenta la madre de dos adolescentes- alguien puso el video en Facebook, ese que están en la calle y nos encantó”. Compraron la entrada ni bien se enteraron de que venía a la Argentina.
“¿Me estas jodiendo?”, exclama un joven, mientras camina buscando el final de la cola que ya ha llegado hasta Niceto Vega. “¿Una birrita, amigo?”, ya deben quedar pocas en la heladera.
“Compro entradas o acepto regaladas”, anuncia un cartel que sostienen unos chicos, y pienso que podría estar acompañándolos si no fuera por una tanda que pusieron en venta los últimos días.

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Las mil personas que entran en Niceto ocupan todo el campo y los balcones de pasarela. Al fondo hay un rincón desde donde se ve perfecto el escenario. Espero que empiece el show mientras disfruto el Campari que me regalaron al dejar la mochila en el guardarropa. Se encienden las luces y todo explota con los acordes de “On ira”, el éxito del último disco Recto Verso: “Diremos que los poetas no tienen banderas y que los niños son los guardianes del alma”.
Isabelle Geoffrey –ese es su nombre real- despliega su energía sobre el escenario y vibra con el público argento que grita: “Olé, olé, olé, Zaaz, Zaaz”. Cuando empieza el reconocido sonido de la trompeta, todos se animan a balbucear en un incipiente francés el himno: “Je veux de l’amour, de la joie, de la bonne humeur”.


El Campari se terminó, me escabullo por debajo de los hombros de los VIP y llego hasta unos metros del escenario, donde ya empieza a sonar “Eblouie par la nuit”. “Cuando nos perdonamos a nosotros mismos, encontramos la verdadera libertad”, comenta en castellano. Los aplausos y los gritos aprueban la frase.
“La fée” deja a todos mudos, mientras el canto de Zaz recuerda el llanto de Edith Piaf, el gorrión de París. Al terminar el recital, el público acalorado pide una más y vuelve “Je veux”, el hitazo de la calle parisina que tiene más de 6 millones de visitas en Youtube. La trompeta empieza a sonar y en esta segunda vuelta descubrimos notre liberté.
Con un tímido español, cuenta una leyenda aborigen sobre un colibrí que, con su pico, tomaba agua del lago para apagar el fuego de la selva que se incendiaba. Zaz, con su música y poesía, participa de la revolución del colibrí: “Mucha gente pequeña en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas puede cambiar el mundo”. Ella sabe que no va a apagar el incendio, pero hace su parte.