Mate

Olor a tierra después de la lluvia. A simple verdad. Caliente, pero no tanto. La calabaza baila en círculos de mano en mano. Y vuelve. Tranquila, sin apuro. El estómago se apacigua con la yerba madura y pide otro. Espera y, al rato, vuelve. Sorbo el agua verde, alegría compartida. Encuentro. Dos, tres, cuatro, o más.

El gusto amargo de la primera vez, la niña con cara arrugada: “Papá, ponele azúcar”.

Mate, sólo mate. Sola, por primera vez entre papeles de gótico y románico. Sus estimulantes no me dejan saber más. Ya soy grande.

Dos, tres, cuatro, o más. Yo con vos. Con gusto a casa, con olor a campo.
Dios, ¿una ronda de mate eterna? Quizá.

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