La verdad del río

“LLa locura es poder ver más allá”,
dijo un loco, Casandra.
Pasto frío, soledad, mañana.
¿Quién te calló?, ¿quién nubló tus ojos?
Río, pájaros, arboles fatídicos,
testigos de tu invierno.
El rocío te moja, te trae
calma. No llores.
Tu compañera de viaje,
fuerte Houria,
grita en la oscuridad.
Dignas, bravas, incandescentes,
ni la luna las opaca.
Casandra, “somos pocos los que te podemos ver”,
dijo el loco.
Un rayo trajo el silencio,
después, nada.
¿Quién se llevó tus sueños?, ¿quién robó tu deseo?
Mataron tu belleza y tu palabra.
¿Qué verdad te guardaste?
Quizá se la contaste al río, al pájaro, al árbol.
Con lágrimas fecundaste el tiempo.
No llores, Casandra.
Que el viento vuela tu pena
y tu canto.
Baila, Casandra,
quizá algún día nos cuenten tu secreto
el río, el pájaro, el árbol.

El colibrí francés

El sábado 15 y el domingo 16 de marzo se presentó en Buenos Aires la cantante francesa Zaz, que con su música revitaliza la chanson fusionándola con el gypsy jazz.

Esquina de Niceto Vega y Humboldt, noche calurosa de luna llena; luces amarillas, rojas y azules decoran con su luz tenue una noche sin estrellas. Sobre Humboldt, grupos de amigos, parejas y familias esperan; la fil0c3098da3bc66df93badd89fb8fec6e6a es larga y se pierde al  fondo. “Allez, allons aux VIP” (“¡Vamos, vamos al VIP!”), la voz de una mujer alta y rubia sale de una traffic. El público parece intelectualoide, de filosofía de cuero y zapatos caros, peinados muy chic, pantalones chupines, camisas cuadriculadas y anteojos de armazón grueso.

“Cervezas fríaaaas”, anuncia un vendedor; las latas y botellas suspendidas en el aire dan fe de que el negocio le salió redondo. La avenida Córdoba también está atiborrada de gente que ansía oír en vivo la voz que oyeron tantas veces por Youtube o quizás en un disco comprado recientemente.

Los árboles y chupetes de publicidad acompañan la cola, hasta que, dos cuadras después, en la esquina de Bonpland, están los últimos, un hombre de treinta y pocos y una mujer de cuarenta y pico. “Yo siempre fui por lo derecho, cumpliendo las reglas ¿viste? -comenta el muchacho- y hay gente que va por el otro lado y les va bien, juegan más con la suerte”. Quizá ese lado es el que eligió Zaz para llegar con 33 años a cantar en esta gira por la Argentina, Chile, Uruguay y Brasil.
“La conocimos por Internet –comenta la madre de dos adolescentes- alguien puso el video en Facebook, ese que están en la calle y nos encantó”. Compraron la entrada ni bien se enteraron de que venía a la Argentina.
“¿Me estas jodiendo?”, exclama un joven, mientras camina buscando el final de la cola que ya ha llegado hasta Niceto Vega. “¿Una birrita, amigo?”, ya deben quedar pocas en la heladera.
“Compro entradas o acepto regaladas”, anuncia un cartel que sostienen unos chicos, y pienso que podría estar acompañándolos si no fuera por una tanda que pusieron en venta los últimos días.

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Las mil personas que entran en Niceto ocupan todo el campo y los balcones de pasarela. Al fondo hay un rincón desde donde se ve perfecto el escenario. Espero que empiece el show mientras disfruto el Campari que me regalaron al dejar la mochila en el guardarropa. Se encienden las luces y todo explota con los acordes de “On ira”, el éxito del último disco Recto Verso: “Diremos que los poetas no tienen banderas y que los niños son los guardianes del alma”.
Isabelle Geoffrey –ese es su nombre real- despliega su energía sobre el escenario y vibra con el público argento que grita: “Olé, olé, olé, Zaaz, Zaaz”. Cuando empieza el reconocido sonido de la trompeta, todos se animan a balbucear en un incipiente francés el himno: “Je veux de l’amour, de la joie, de la bonne humeur”.


El Campari se terminó, me escabullo por debajo de los hombros de los VIP y llego hasta unos metros del escenario, donde ya empieza a sonar “Eblouie par la nuit”. “Cuando nos perdonamos a nosotros mismos, encontramos la verdadera libertad”, comenta en castellano. Los aplausos y los gritos aprueban la frase.
“La fée” deja a todos mudos, mientras el canto de Zaz recuerda el llanto de Edith Piaf, el gorrión de París. Al terminar el recital, el público acalorado pide una más y vuelve “Je veux”, el hitazo de la calle parisina que tiene más de 6 millones de visitas en Youtube. La trompeta empieza a sonar y en esta segunda vuelta descubrimos notre liberté.
Con un tímido español, cuenta una leyenda aborigen sobre un colibrí que, con su pico, tomaba agua del lago para apagar el fuego de la selva que se incendiaba. Zaz, con su música y poesía, participa de la revolución del colibrí: “Mucha gente pequeña en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas puede cambiar el mundo”. Ella sabe que no va a apagar el incendio, pero hace su parte.

María Carmen

Te gustaba ser la primera en ver el amanecer, escuchar los pájaros y sentir el rocío en tu cara. Tu casa, tu hogar, no tenía cuatro paredes, sino miles de puertas y ventanas y una alfombra de tipas amarillas.
– ¡Hace frío, María Carmen!
– Sí, pero el sol está muy bien. -Tu respuesta salía por los espacios de tu boca sin dientes, con una sonrisa siempre fácil.
¿Dónde naciste? ¿Quién te amó? ¿Habrás estado en París? Me guardo estas preguntas y me animo a crear respuestas.
Naciste en Buenos Aires hace 70 años, quizás te casaste y tuviste hijos, como soñabas de niña. Supiste que ibas a ir a París, pero ese día no llegó. Me hubiera gustado llevarte, si ese era tu sueño. No te alcanzó una casa sencilla, ni dos hijas, ni un marido trabajador para ser feliz; elegiste la avenida Libertador con mil puertas y ventanas, y elegiste ser mi amiga.

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– Te olvidaste de mi sopa- y sonaba como si me hubiera olvidado de vos.
– Perdón, María, perdón. – Entré a mi casa y sí, me olvidé de la sopa calentita que te ayudaría a dormir mejor.
Leías, leías, todos los días, un libro de tapa marrón, en castellano, inglés o francés; o una revista con princesas y gente paqueta. Seguro que sabías contar un montón de historias que no tuvieron audiencia, o quizás tu gato negro fue quien las oyó y se las cuenta hoy a otro gato o a una tipa.
¡Ay, María! ¿A dónde fuiste? Quizás decidiste ver el amanecer todos los días desde un lugar mucho más amplio con puertas y ventanas eternas.

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Buen camino

Sin ser demasiado consciente, en medio de un recorrido por Europa me encuentro caminando hacia Santiago de Compostela. La película The way me encantó y entre sueños dije: “Algún día yo también quiero hacerlo”.

Estoy en Marsella con Mechi viendo cómo será nuestro último tiempo de viaje. Barcelona es el siguiente destino, nos quedan tres semanas más por España. Miramos el mapa… ¿A dónde vamos?

Hace un mes una amiga escribió una nota sobre su experiencia en el camino a Santiago de Compostela: 5 amigas, 5 días, 100 km. Mis ojos se iluminan, ¿por qué nosotras no? Me entusiasma la idea de recorrer las rutas del apóstol Santiago y la aventura que implica andar por las tierras de Galicia con una mochila al hombro.

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Recorremos Barcelona sabiendo que nuestro próximo destino va a ser diferente. Nada de zapatillas All Star, mochila Jansport ni valija. Abiertas al cambio, compramos dos mochilas de 40 litros, medias antiampollas y retiramos la credencial del peregrino en la iglesia de Sant Jaume, a dos cuadras de la Rambla. No sabemos si vamos a llegar, pero el desafío nos convoca.

La noche previa separamos la ropa, seleccionando con prudencia lo que vamos a llevar. El día de la partida caminamos 10 cuadras arrastrando las valijas hasta el departamento donde vamos a dejarlas. Al llegar, 40 minutos después, exhaustas por el peso, reducimos la mochila a la mitad.

La estación de Sanz nos espera para llevarnos a Sarria y el tren nocturno nos recibe con una manta, una botella de agua, tapaojos y oídos que van a resultar indispensables. Desayunamos con nuestras provisiones y a las ocho de la mañana, con el primer sello de la estación en la credencial, empezamos a andar. Sentimos en la cara el aire fresco del amanecer de la tierra gallega, con bosques de eucaliptus.

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Los días en el camino parecen bastante rutinarios. Al llegar al próximo pueblo, nos sacamos la mochila y descubrimos músculos que no sabíamos existían durante estos 24 años de vida. Elongamos, nos bañamos y salimos a buscar comida para la cena y el desayuno del día siguiente. El cansancio nos obliga a acostarnos muy temprano. A las siete de la mañana, luego de un desayuno energético, ya estamos caminando. Las flechas amarillas y la vieira nos indican que el sentido es el correcto.

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El cuerpo va descubriendo su propio ritmo y las cinco horas de caminata se hacen notar. “Buen camino”, lanzan los peregrinos que van a la par; la frase nos hace levantar la cabeza, sonreír y continuar. Me acuerdo de mi amiga que en Barcelona nos decía: “Están locas, podrían quedarse tomando sol en la playa de Calet de Mar y se van a caminar 5 ó 6 horas diarias”.

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A medida que avanzamos, aprendemos a frenar menos, a estirar mejor los músculos, a andar más livianas y valorar cada pequeña cosa que nos pasa: una joven china nos regala queso y miel, un señor italiano me entrega El peregrino de Paulo Coelho a cambio del arroz que compartimos. Como dice este libro, son pequeños signos que no valoramos en la vida cotidiana, pero sí en situaciones como estas que te exponen a lo insondable.

Aprendemos que todo lo que necesitamos durante la travesía entra en una mochila: agua, pan, fruta, medias, campera y toalla, y que cada una de ellas, pesa. Conocemos chinos, estadounidenses, españoles, franceses, italianos, argentinos, tan locos como nosotras para seguir caminando con una fuerza que no sale de las piernas, sino del corazón, ese otro músculo que también hay que entrenar.

Llegar a Santiago me provoca sensaciones encontradas: felicidad por cumplir la meta y tristeza porque se acaba lo que vengo haciendo; sin embargo, la satisfacción que siento no tiene precio. Reconozco que el esfuerzo y el paso a paso son los que me traen a Santiago de Compostela, y que este es solo el principio de otro camino, sin flechas amarillas o vieiras. Solo espero que la frase “Buen camino” me siga acompañando cada día como un signo de encuentro conmigo misma, con los demás y con Dios.

MÁS INFORMACIÓN SOBRE EL CAMINO:

http://www.jacobeo.net/
http://www.caminosantiago.org

En la luna de Valencia

Mi maestra de primer grado me retó porque había dibujado dos duendes y un pino del alto de un renglón. En un segundo desbarrancó mi concentración y esfuerzo para que se notaran los gorros puntiagudos y los ojos de los personajes. Su figura redonda, con delantal verde agua se abalanzó hacia mi cuaderno y exclamó: “Chiquita, vos vivís en la luna de Valencia, no podés dibujar así.”

Su voz perforó mi oído y fue tan humillante que con el lado blanco de la goma Dos Banderas borré el mundo que había creado, el bosque y los duendes de un renglón de alto; quizás una gota de lágrima término de manchar la hoja rayada, para siempre.

En el recreo, sentada con mis compañeras, yo me preguntaba dónde quedaría la luna de Valencia. ¿Era muy diferente a la luna que veía desde el patio de mi casa? ¿Cuántas personas vivían en la luna de Valencia? ¿Qué era Valencia? ¿Un mundo, un país, una ciudad, una escuela, un club, un circo? ¿Era blanca como la luna que yo conocía? ¿Luna llena, media luna? Nunca le pregunté a mi maestra qué significaba eso.

Quizás es un lugar donde todos miden un renglón de alto y yo, que era tan pequeña en el mundo normal, sería una niña gigante y monstruosa. Quizás en esa luna me dejarían dibujar todo el día.

Así crecí, desde los seis años, creyendo que vivía en la luna de Valencia; hoy, muchos años después, sigo sin saber dónde queda, pero me gusta la idea de vivir en otro lugar con bosques y duendes de gorros puntiagudos y zapatos con pompón.

Gotas de oscuridad

Los colores se apastelan, la luz se vuelve blanca y los sonidos te llevan a otro lado. I’d like to see you Lord y todas esas plegarias elevan tu alma a un lugar que no conocías, al jardín de Rodin una tarde de primavera.

La verdad única son tus manos suaves, el olor de una torta recién horneada, las palabras de tu madre con perfume a menta. Tus recuerdos son las imágenes que no ves ahora, los paisajes que contemplaste en tu último viaje, los besos que diste a una cara que ya no está.

El negro se vuelve color de a poco, porque de a poco se está yendo el efecto de las gotas que te puso el oftalmólogo para hacerte un fondo de ojo.